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sábado, 26 de setembro de 2009

Nova fundação lançará inédito de Mario Benedetti

"Biografía para Encontrarme" é o primeiro livro de Mario Benedetti (1920-2009) que será lançado após a morte do autor, ocorrida em maio. O título também representará uma das primeiras atividades visíveis da fundação batizada com o nome do uruguaio e que foi criada neste mês, em Montevidéu.

O escritor e ensaísta uruguaio Mario Benedetti, que completaria 89 anos
Trata-se de alguns poemas que Benedetti deixou terminados e corrigidos. "O volume inédito não tem data de publicação nem editora estabelecidos pois não consta dos contratos vigentes em relação à obra do autor", explica à Folha Ariel Silva, secretário do escritor em seus últimos três anos de vida e responsável pelo gerenciamento da fundação.

"Ainda que outros títulos de Benedetti tenham sido publicados pela editora Planeta na América Latina, neste caso não sabemos ainda." E, apesar de haver outros textos do escritor ainda inéditos, este deve ser o único a vir à luz por enquanto.

Instituída segundo instruções que o escritor deixou detalhadas em seu testamento, a Fundação Mario Benedetti começou a funcionar oficialmente no último dia 14, quando ele completaria 89 anos.

Presidida pela escritora Sylvia Lago, amiga de Benedetti por mais de quatro décadas, a fundação ainda tem em seu diretório companheiros do autor que fizeram parte não só de sua trajetória literária como de sua militância política, casos do escritor Eduardo Galeano (de "As Veias Abertas da América Latina") e do cantor e compositor Daniel Viglietti.

"Benedetti não queria que a fundação existisse enquanto ele fosse vivo porque não desejava manter uma atividade que levasse seu nome, lhe parecia uma atitude soberba. Mas deixou estabelecidos os objetivos da fundação", afirma Silva.

Bolsas para escritores

Além de zelar pela difusão, preservação, estudo, catalogação e arquivamento da obra do autor formada por mais de 80 obras, entre poesias, contos, ensaios, textos para teatro, a entidade terá como funções realizar workshops e estimular a criação de jovens escritores por meio da concessão de bolsas. Também serão instalados um museu, com objetos que pertenceram ao escritor, e uma biblioteca com o acervo literário que Benedetti mantinha em sua residência.

Outra vertente da instituição, vinculada à atuação política de Benedetti, será prestar apoio a iniciativas relacionadas à defesa dos direitos humanos em todo o mundo e a trabalhos de investigação que ajudem a esclarecer casos de desaparecidos durante a ditadura uruguaia (1973-1985). Todas as atividades da fundação, herdeira universal do patrimônio do escritor, serão financiadas por doações e pela renda de seus direitos autorais.

Por enquanto, a entidade está funcionando na Casa do Autor, uma das salas da Agadu (Associação Geral de Autores do Uruguai), cedida pelo Estado. Apenas quando estiverem concluídos os processos de legalização da fundação e de sucessão dos bens de Benedetti é que será possível tornar públicos livros, documentos e outros materiais do escritor.

Também é necessário esperar a conclusão do inventário do apartamento em que morava o poeta, afirma o secretário, para que o imóvel em Montevidéu seja vendido e, com esses recursos, possa ser adquirida a sede da fundação.

O endereço definitivo deve ser uma casa no centro ou na Ciudad Vieja centro histórico de Montevidéu, duas das áreas preferidas do escritor na capital uruguaia.

*texto da Folha Ilustrada

sábado, 23 de maio de 2009

Contos do Mundo: La muerte (Mario Benedetti)


Autor: Mario Benedetti
País de Origem: Uruguai




La muerte

Conviene que te prepares para lo peor.
Así, en la entonación preocupada y amiga de Octavio, no sólo médico sino sobre todo ex compañero de liceo, la frase socorrida, casi sin detenerse en el oído de Marlano, había repercutido en su vientre, allí donde el dolor insistía desde hacía cuatro semanas. En aquel ins~ tante había disimulado, había sonreído amargamente, y hasta había dicho: «no te preocupes, hace mucho que estoy preparado». Mentira, no lo estaba, no lo había estado nunca. Cuando le había pedido encarecidamente a Octavio que, en mérito a su antigua amistad («te juro que yo sería capaz de hacer lo mismo contigo»), le dijera el diagnóstico verdadero, lo había hecho con la secreta esperanza de que el viejo camarada le dijera la verdad, sí, pero que esa verdad fuera su salvación y no su condena. Pero Octavio había tomado al pie de la letra su apelación al antiguo afecto que los unía, le había consagrado una hora y media de su acosado tiempo para examinarlo y reexaminarlo, y luego, con los ojos inevitablemente húmedos tras los gruesos cristales, había empezado a dorarle la píldora: «Es imposible decirte desde ya de qué se trata. Habrá que hacer análisis, radiografías una completa historia clínica. Y eso va a demorar un poco. Lo único que podría decirte es que de este primer examen no saco una buena impresión. Te descuidaste mucho. Debías haberme visto no bien sentiste la primera molestia.» Y luego el anuncio del primer golpe directo: «Ya que me pedís, en nombre de nuestra amistad, que sea estrictamente sincero contigo, te diría que, por las dudas ... » Y se había detenido, se había quitado los anteojos, y los había limpiado con el borde de la túnica. lJn gesto escasamente profiláctico, había alcanzado a pensar Marlano en medio de su desgarradora expectativa. «Por las dudas ¿qué?», preguntó, tratando de que el tono fuera sobrio, casi indiferente. Y ahí se desplomó el cielo: «Conviene que te prepares para lo peor. »

De eso hacía nueve días. Después vino la serie de análisis, radiografias, etc. Había aguantado los pinchazos y las propias desnudeces con una entereza de la que no se creía capaz. En una sola ocasión, cuando volvió a casa y se encontró solo (Agueda había salido con los chicos, su padre estaba en el Interior), había perdido todo dominio de sí mismo, y allí, de pie, frente a la ventana abierta de par en par, en su estudio inundado por el más espléndido sol de otoño, había llorado como una criatura, sin molestarse siquiera por enjugar sus lágrimas. Esperanza, esperanzas, hay esperanza, hay esperanzas, unas veces en singular y otras en plural; Octavio se lo había repetido de cien modos distintos, con sonrisas, con bromas, con piedad, con palmadas amistosas, con semiabrazos, con recuerdos del liceo, con saludos a Agueda, con ceño escéptico, con ojos entornados, con tics nerviosos, con preguntas sobre los chicos. Seguramente estaba arrepentido de haber sido brutalmente sincero y quería de algún modo amortiguar los efectos del golpe. Seguramente. Pero ¿y si hubiera esperanzas? 0 una sola. Alcanzaba con una escueta esperanza, un a diminuta esperancita en mínimo singular. ¿Y si los análisis, las placas, y otros fastidios, decían al fin en su lenguaje esotérico, en su profecía en clave, que la vida tenía permiso para unos años más? No pedía mucho: cinco años, mejor diez. Ahora que atravesaba la Plaza Independencia para encontrarse con Octavio y su dictamen final (condena o aplazamiento o absolución), sentía que esos singulares y plurales de la esperanza habían, pese a todo, germinado en él. Quizá ello se debía a que el dolor había disminuido considerablemente, aunque no se le ocultaba que acaso tuvieran algo que ver con ese alivio las pastillas recetadas por Octavio e ingeridas puntualmente por él. Pero, mientras tanto, al acercarse a la meta, su expectativa se volvía casi insoportable. En determinado momento, se le aflojaron las piernas; se dijo que no podía llegar al consultorio en ese estado, y decidió sentarse en un banco de la plaza. Rechazó con la cabeza la oferta del lustrabotas (no se sentía con fuerzas como para entablar el consabido diálogo sobre el tiempo y la inflación), y esperó a tranquilizarse. Agueda y Susana. Susana y Agueda. ¿Cuál sería el orden preferencial? ¿Ni siquiera en este instante era capaz de decidirlo? ÿgueda era la comprensión y la incomprensión ya estratificadas; la frontera ya sin litigios; el presente repetido (pero también había una calidez insustituible en la repetición); los años y años de pronosticarse mutuamente, de saberse de memoria; los dos hijos, los dos hijos. Susana era la clandestinidad, la sorpresa (pero también la sorpresa iba evolucionando hacia el hábito), las zonas de vida desconocida, no compartidas, en sombra; la reyerta y la reconciliación conmovedoras; los celos conservadores y los celos revolucionarios; la frontera indecisa, la caricia nueva (que insensiblemente se iba pareciendo al gesto repetido), el no pronosticarse sino adivinarse, el no saberse de memoria sino de intuición. Agueda y Susana, Susana y ÿgueda. No podía decidirlo. Y no podía (acababa de advertirlo en el preciso instante en que debió saludar con la mano a un antiguo compañero de trabajo), sencillamente porque pensaba en ellas como cosas suyas, como sectores de Mariano Ojeda, y no como vidas independientes, como seres que vivían por cuenta y propios. Agueda y Susana, Susana y Agueda, eran en este instante partes de su organismo, tan suyas como esa abyecta, fatigada entraña que lo amenazaba. Además estaban Coco y sobre todo Selvita, claro, pero él no quería, no, no quería, no, no quería ahora pensar en los chicos, aunque se daba cuenta de que en algún momento tendría que afrontarlo, no quería pensar porque entonces sí se derrumbaría y ni siquiera tendría fuerzas para llegar al consultorio. Había que ser honesto, sin embargo, y reconocer de antemano que allí iba a ser menos egoísta, más increíblemente generoso, porque si se destrozaba en ese pensamiento (y seguramente se iba a destrozar) no sería pensando en sí mismo sino en ellos, o por lo menos más en ellos que en sí mismo, más en la novata tristeza que los acechaba que en la propia y veterana noción de quedarse sin ellos. Sin ellos, bah, sin nadie, sin nada. Sin los hijos, sin la mujer, sin la amante. Pero también sin el sol, este sol; sin esas nubes flacas, esmirriadas, a tono con el país; sin esos pobres, avergonzados, legítimos restos de la Pasiva; sin la rutina (bendita, querida, dulce, afrodisíaco, abrigada, perfecta rutina) de la Cala Núm. 3 y sus arqueos y sus largamente buscadas pero siempre halladas diferencias; sin su minuciosa lectura del diario en el café, junto al gran ventanal de Andes; sin su cruce de bromas con el mozo; sin los vértigos dulzones que sobrevienen al mirar el mar y sobre todo al mirar el cielo; sin esta gente apurada, feliz porque no sabe nada de si misma, que corre a mentirse, a asegurar su butaca en la eternidad o a comentar el encantador heroísmo de los otros; sin el descanso como bálsamo; sin los libros como borrachera; sin el alcohol como resorte; sin el sueño como muerte; sin la vida como vigilia; sin la vida, simplemente.

Ahí tocó fondo su desesperación, y, paradójicamente, eso mismo le permitió rehacerse. Se puso de pie, comprobó que las piernas le respondían, y acabó de cruzar la plaza. Entró en el café, pidió un cortado, lo tomó lentamente, sin agitación exterior ni interior, con la mente poco menos que en blanco. Vio cómo el sol se debilitaba, cómo iban desapareciendo sus últimas estrías. Antes de que se encendieran los focos del alumbrado, pagó su consumición, dejó la propina de siempre, y caminó cuatro cuadras, dobló por Río Negro a la derecha, y a mitad de cuadra se detuvo, subió hasta un quinto piso, y oprimió el botón del timbre 'unto a la chapita de bronce: Dr. Octavio Massa, médico.

-Lo que me temía.

Lo que me temía era, en estas circunstancias, sinónimo de lo peor. Octavio había hablado larga, calmosamenre, había recurrido sin duda a su mejor repertorio en materia de consuelo y confortación, pero Mariano lo había oído en silencio, incluso con una sonrisa estable que no tenía por objeto desorientar a su amigo, pero que con seguridad lo había desorientado. «Pero si estoy bien», dijo tan sólo, cuando Octavio lo interrogó, preocupado. «Además», dijo el médico, con el tono de quien extrae de la manga un naipe oculto, «además vamos a hacer todo lo que sea necesario, y estoy seguro, entendés, seguro, que una operación sería un éxito. Por otra parte, no hay demasiada urgencia. Tenemos por lo menos un par de semanas para fortalecerse con calma, con paciencia, con regularidad. No te digo que debas alegrarte, Mariano, ni despreocuparte, pero tampoco es para tomarlo a la tremenda. Hoy en día estamos mucho mejor armados para luchar contra ... » Y así sucesivamente Mariano sintió de pronto una implacable urgencia en abandonar el consultorio, no precisamente para volver a la desesperación. La seguridad del diagnóstico le había provocado, era increíble, una sensación de alivio, pero también la necesidad de estar solo, algo así como una ansiosa curiosidad por disfrutar la nueva certeza. Así, mientras Octavio seguía diciendo: «... y además da la casualidad que soy bastante amigo del médico de tu Banco, así que no habrá ningún inconveniente para que te tomes todo el tiempo necesario y.. », Mariano sonreía, y no era la suya una sonrisa amarga, resentida, sino (por primera vez en muchos días) de algún modo satisfecha, conforme.
Desde que salió del ascensor y vio nuevamente la calle, se enfrentó a un estado de ánimo que le pareció una revelación. Era de noche, claro, pero ¿por qué las luces quedaban tan lejos? ¿Por qué no entendía, ni quería entender, la leyenda móvil del letrero luminoso que estaba frente a él? La calle era un gran canal, sí, pero ¿por qué esas figuras, que pasaban a medio metro de su mano, eran sin embargo imágenes desprendidas, como percibidas en un film que tuviera color pero que en cambio se beneficiara (porque en realidad era una mejora) con una banda sonora sin ajuste, en la que cada ruido llegaba a él como a través de infinitos intermediarios, hasta dejar en sus oídos sólo un amortiguado eco de otros ecos amortiguados? La calle era un canal cada vez más ancho, de acuerdo, pero ¿por qué las casas de enfrente se empequeñecían hasta abandonarlo, hasta dejarlo enclaustrado en su estupefacción? Un canal, nada menos que un canal, pero ¿por qué los focos de los autos que se acercaban velozmente, se iban reduciendo, reduciendo, hasta parecer linternas de bolsillo? Tuvo la sensación de que la baldosa que pisaba se convertía de pronto en una isla, una baldosa leprosa que era higiénicamente discriminada por las baldosas saludables. Tuvo la sensación de que los objetos se iban, se apartaban locamente de él pero sin admitir que se apartaban. Una fuga hipócrita, eso mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? De todos modos, aquella vertiginosa huida de las cosas y de los seres, del suelo y del cielo, le daba una suerte de poder. ¿Y esto podía ser la muerte, nada más ue esto?, pensó con inesperada avidez. Sin embargo estaba vivo. Ni Agueda, ni Susana, ni Coco, ni Selvita, ni Octavio, ni su padre en el Interior, ni la Caja Núm. 3. Sólo ese foco de luz, enorme, es decir enorme al principio, que venía quién sabe de dónde, no tan enorme después, valía la pena dejar la isla baldosa, más chico luego, valía la pena afrontarlo todo en medio de la calle, pequeño, más pequeño, sí, insignificante, aquí mismo, no importa que los demás huyan, si el foco, el foquito, se acerca alejándose, aquí mismo, aquí mismo, la linternita, la luciérnaga, cada vez más lejos y más cerca, a diez kilómetros y también a diez centímetros de unos ojos que nunca más habrán de encandilarse.









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O AUTOR:
Mario Benedetti

Um dos mais importantes escritores uruguaios, Mario Benedetti nasceu em 14 de setembro de 1920, em Paso de los Toros, Uruguai. Trabalhou como vendedor, taquígrafo, contador, funcionário público e jornalista. Entre 1938 e 1945, morou em Buenos Aires. Ao retornar a Montevidéu, passou a trabalhar no semanário Marcha.
Nesse mesmo ano, publicou o primeiro livro de poesias, La víspera indeleble. Nos anos seguintes, Benedetti lançaria a primeira coletânea de ensaios, Peripecia y novela (1948), a primeira de contos, Esta mañana (1949), e o primeiro romance, Quién de nosotros (1953). Em 1959, com a publicação do livro de contos Montevideanos, consagrou-se como escritor. E, no ano seguinte, o lançamento de A Trégua lhe rendeu fama internacional.
Por questões políticas, abandonou o Uruguai em 1973. Nos 12 anos de exílio morou na Argentina, Peru, Cuba e Espanha.

quinta-feira, 21 de maio de 2009

Literatube: Homenagem a Mario Benedetti

Vídeo para lembrar o grande escritor uruguaio, falecido no domingo passado (17/5), aos 88 anos.

terça-feira, 19 de maio de 2009

Homenagem a Benedetti (2): Un Autor Comunicante



*Artigo de Remedios Mataix (disponível na Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)


Hace más de medio siglo que Mario Benedetti nació para la literatura con su libro inicial La víspera indeleble, símbolo del comienzo de la generación uruguaya de 1945 ("la generación crítica", como la designó Ángel Rama), que tiene en nuestro autor su más alta figura literaria y encontró su centro en el gran semanario Marcha de Carlos Quijano. En ese tiempo, Benedetti ha desarrollado un trabajo intelectual que abarca todos los géneros y pone en práctica una amplia variedad de registros: él es el poeta de Cotidianas, Poemas de otros, Viento del exilio, Las soledades de Babel y los demás libros reunidos en su creciente Inventario; es el gran novelista de Quién de nosotros, La tregua, Gracias por el fuego y Primavera con una esquina rota; el excelente cuentista de Montevideanos, La muerte y otras sorpresas, Con y sin nostalgia o Geografías, y el dramaturgo de El reportaje, Ida y vuelta y Pedro y el capitán. Pero Benedetti es también el escritor político de Crónicas del 71o Terremoto y después, el mordaz humorista de Mejor es meneallo, el brillante ensayista de El escritor latinoamericano y la revolución posible o La realidad y la palabra, y el intelectual comprometido (en todos los sentidos: un hombre de su tiempo que se niega a cerrar los ojos y dice lo que ve) artífice de esa trayectoria de lúcidas reflexiones sobre la literatura y la realidad que inició con Peripecia y novela y el polémico El país de la cola de paja, y clausura --por ahora-- con los imprescindibles Articulario, Literatura uruguaya siglo XX y El ejercicio del criterio, recopilaciones en las que no está todo, pero está lo que su autor considera fundamental.


La variedad de la obra de Benedetti desafía todo intento de clasificar al autor, y él ha enriquecido cada género que practica con la experiencia ganada en los demás. Pero en esa variedad de registros palpita una secreta unidad que da coherencia a su obra y otorga a la poesía, al ensayo, al artículo periodístico, a la narrativa y hasta a las letras de canciones, un inconfundible "estilo Benedetti", quizá porque sus diversos itinerarios parten de un mismo lugar: la vocación comunicante de su labor como escritor; ese término que --entre otros-- la crítica literaria debe a Benedetti y que designa el interés por establecer un clima en el que el lector se sienta parte de un diálogo con el autor desarrollado en un plano de confianza mutua y recíproco aprendizaje. El propio autor dijo: "No escribo para el lector que vendrá, sino para el que está aquí, poco menos que leyendo el texto sobre mi hombro". A ese lector Benedetti lo conquista literariamente para movilizarlo humanamente.
Esa vocación comunicante a la que me refiero es, tal vez, la característica que mejor define la obra de Benedetti, no sólo porque nadie ha apelado con tanta frecuencia y tan explícitamente como él a ese "lector-mi-prójimo", sino además porque, en justa correspondencia, pocos poetas disfrutan de un público tan fiel y tan masivo, en el que se incluyen sectores habitualmente ajenos a la literatura. Y esa amplia resonancia es, indudablemente, un síntoma de buena comunicación.
Ahora bien: el empeño confesado por conseguir esa resonancia no se manifiesta a través de concesiones al facilismo, todo lo contrario. En su relación con el lector, Benedetti deja claro que el buen escritor ha de ser un "provocador", porque "cuando uno quiere a alguien --explica-- es lógico que procure elevarlo y no disminuirlo, abrirle los ojos y no cubrírselos con una venda". Naturalmente, una comunicación de ese tipo exige utilizar un código fácilmente descifrable por el destinatario, de ahí que otro de los rasgos más llamativos de su escritura sea el lenguaje accesible, la sencillez sintáctica y la modalidad expresiva y estilística cercana al registro conversacional. Pero esa sencillez del lenguaje, también lo ha dicho Benedetti muchas veces, no es más que el instrumento de una actitud --lo cual es mucho más que una técnica literaria-- cuyos antecedentes remonta el autor hasta esa obsesión por hablar claro que detecta en Antonio Machado y que define como "un modo peculiar y eficacísimo de meterse en honduras y de traernos desde ellas sus convicciones más lúcidas y conmovedoras".
La lectura de los numerosos artículos y ensayos que Benedetti ha publicado a lo largo de treinta años, da pruebas suficientes de cuál es la finalidad de ese instrumento, es decir, de la comunicación de qué contenidos, de qué honduras, interesa preocuparse. Pero, como comunicar es también seducir, persuadir, esta escritura comunicante no se limita a dar testimonio de una determinada experiencia, sino que, a mi juicio, se sustenta precisamente en la voluntad de crear las condiciones artísticas necesarias para que en el lector se reproduzca esa experiencia narrada por el escritor. Algo que Benedetti ha defendido siempre es que un escritor no termina en su obra, sino en sus actitudes, naturalmente porque él está moralmente capacitado para hacerlo. Sin duda esta circunstancia -el respaldo vital de la obra literaria- es otra de las características que podríamos incluir entre los elementos constitutivos del éxito del autor, indiscutible casi desde sus comienzos.
Por eso ya en ensayos tempranos como Ideas y actitudes en circulación (1963), Benedetti exponía algo así como un programa contra la literatura falluta (hipócrita, tramposa, servil), que establece la honestidad como condición imprescindible de la literatura comunicante. Por una parte, porque la única autoridad para ejemplarizar y movilizar a través de la comunicación de determinados mensajes --objetivo del esfuerzo estético-- se la da al escritor una actitud que reafirme sus planteamientos escritos, y no que los contradiga en la práctica; por otra parte, porque sólo a partir de la propia experiencia, de las propias dudas y certezas más sinceras, puede disponer el autor de un registro que no suene escandalosamente a falso y que sea capaz de interesar a un lector que quizá se hace las mismas preguntas o trata de explicarse los mismos enigmas.


Estos mismos temas centran muchas de las reflexiones de los ensayos de Benedetti, en los que analiza las relaciones entre acción y creación literaria, estudia las posibilidades y la utilidad de estrechar los vínculos con el lector, y se plantea inquietudes relacionadas no sólo con el hacer, sino sobre todo con el querer hacer del escritor, con sus intenciones. Éstas, según sugieren sus textos, están relacionadas con la práctica de un tipo de comunicación en la que el escritor debe enfrentar una doble responsabilidad: la artística, es decir, el compromiso con la calidad estética de su obra, por un lado, y por otro, inseparable, la responsabilidad que conlleva la presencia ineludible del prójimo y el compromiso que voluntariamente ha contraído con él, en el que se reafirma a menudo, por ejemplo, con versos como éstos:


me consta y sé
nunca lo olvido
que mi destino fértil voluntario
es convertirme en ojos boca manos
para otras manos bocas y miradas


Esta intención confesada de ser voz, pero además intentar ser portavoz, se traduce en la puesta en práctica de un registro de escritura que activa la complicidad (otra de las nociones fundamentales de la poética de Benedetti), estrategia que permite al lector descifrar un guiño, reconocer indicios de afinidad, y así, iniciar o consolidar un vínculo afectivo con la obra: Aquí empezaría lo fundamental. En un ensayo de 1967 sobre Rubén Darío, Benedetti planteaba que la prueba infalible que permite reconocer a los grandes creadores es que éstos "nos conmueven, en el intelecto o en la entraña, y, al conmovernos, nos cambian, nos transforman". Aclaraba así de qué comunicación nos habla. Parece claro: la capacidad de acción de la creación literaria depende de su capacidad de persuasión; la comunicación se establece para la "transformación" del lector.
Para Benedetti, la acción (que sobre todo es acción mental) está provocada por una obra que formula preguntas, siembra dudas y moviliza rebeldías; esa acción mental, dice, "puede suponer el desenlace de la contradicción interna, la solución de la controversia, un paso al frente, o hacia atrás, pero siempre un movimiento decisivo", porque gracias a ella se comprueba la validez o la caducidad de los presupuestos mentales, de las opiniones, de los principios. Y esa acción es también un modo muy efectivo de seducción artística, porque el lector no puede más que sentirse atraído por algo que lo ayuda a definirse mejor. "Esa extraña operación de franqueza --intuye Benedetti-- tiene, indudablemente, un atractivo muy particular para el lector, y no creo que aquí pesen los tan comunes ingredientes de una enfermiza, escudriñante curiosidad: no, simplemente se trata del interés que despierta toda experiencia humana auténtica. Hay un lector que de algún modo se inscribe como testigo, como destinatario, como interlocutor".
Creo que la confluencia en ese punto de todas las vertientes de su obra es lo que hace de Benedetti un autor comprometido, sin duda, pero sobre todo comprometedor. Quiero decir: su obra consigue establecer una situación interpretativa en la que el registro utilizado elimina las distancias e invita al lector a sentirse destinatario y conmovido por un mensaje para el que se produce una inmediata atribución de significados personales; un mensaje que lo compromete por entero, "en el intelecto y en la entraña", como diría él, porque el ejercicio de su lectura no sólo pone al lector en comunicación con el autor, sino especialmente consigo mismo.
Conviene recordar que esa noción de compromiso adquiere en la obra de Benedetti proporciones muy amplias, que abarcan desde el significado más estrictamente político hasta el sentido más "elemental"; es decir, el compromiso entendido básicamente como la voluntad de cumplir y exigir cumplimiento de la palabra dada; el compromiso entendido como deseo de rescatar lo auténtico, oculto a veces bajo diferentes formas de estafa oficial y a veces por el propio individuo, que también con demasiada frecuencia se estafa a sí mismo. En resumen: el compromiso (ese "convaleciente") se traduce en la obra de Benedetti como "un estado de ánimo" y se ofrece como antídoto contra la instalación del engaño, la frivolidad y la hipocresía en zonas de importancia vital. Por eso su lección de autenticidad se aplica, por supuesto, a lo político y lo social, pero se concreta también (o sobre todo) en la intimidad del ser humano. Surgen entonces los poemas de amor con trasfondo político y esos otros poemas tan característicos, de un fuerte contenido político, pero que también acaban siendo canciones de amor. Sobre estas confluencias opina el autor:


No creo que haya en esto una contradicción, porque la política es también una forma del amor (aunque no viceversa). Hay que aventar cierta mentirosa imagen que suele presentar al luchador político como un ser tan riguroso en su disciplina, que es incapaz de amar como cualquier hijo de vecina, e incluso a la hija del vecino, sobre todo si está bien de piernas e ideología. El amor no es un artículo suntuario, sino una necesidad vital del ser humano. Y no pensamos avergonzarnos de semejante realismo.



De semejante realismo surgen también algunas de las más hondas preguntas de Benedetti, al azar, al lector o a sí mismo; otros temas, como la reivindicación del optimismo, las diferentes Terapias propuestas contra la tentación del precipicio, la invitación a rescatar de la clandestinidad esa "vieja costumbre de sentir" (otro de los derechos humanos fundamentales, recuerda el autor), y otros muchos temas de difícil clasificación, que responden también a los presupuestos de una práctica literaria donde todo parece confluir hacia el reclutamiento del prójimo-lector para un nuevo humanismo practicado sin rubores, por el que, además de una ideología aceptable, se pueda obtener conciencia, sensibilidad y osadía suficientes para responder ante cada coyuntura de la realidad con un sentido más lúcido y más vital de lo que ocurre. Es lo que él llamó "la reforma anímica (o sea, del ánimo y del ánima)".

El poder de seducción que ejerce sobre sus lectores esta escritura comunicante a través del fondo de verdad emocional de sus personajes, de las preguntas que a menudo plantean sus versos y de la hondura de sus reflexiones, da como resultado una resonancia que anula distancias geográficas o generacionales. La obra de Benedetti es esencialmente uruguaya, montevideana, sí, pero no sólo es eso: ha logrado universalizar la experiencia de una época y un lugar específicos. Parte de sus prójimos más próximos, pero ahonda, con la destreza de quien sabe hacer que nada humano le sea ajeno, en las preguntas que a todos nos aluden y en los enigmas que a todos nos conciernen: el amor, el dolor, el miedo, la alegría, el odio, la envidia, la amistad, la soledad, la plenitud, el tedio. Por eso Benedetti es de los autores más leídos en todos los países del idioma, además de en innumerables traducciones: su obra recorre todas las edades humanas, y ningún sentimiento ni circunstancia son extraños al poder de su escritura. "Ha escrito lo que muchos sentíamos que necesitaba ser escrito --resume José Emilio Pacheco--, de ahí la respuesta excepcional y acaso irrepetible despertada por sus libros".

Homenagem a Mario Benedetti

Faleceu neste domingo (17/5/2009), aos 88 anos o escritor uruguaio Mario Benedetti, ícone da literatura engajada, em especial contra as ditaduras na America Latina.

Não poderíamos deixar de lembrar do poeta aqui no blog. Seguem alguns textos sobre a vida e a obra do escritor. Nos próximos dias, publicaremos também alguns de seus escritos.

Benedetti: poeta e retratista da classe média e dos burocratas

MONTEVIDÉU, Uruguai (AFP) — Mario Benedetti, poeta, romancista, contista, ensaísta, dramaturgo e crítico, que faleceu neste domingo em Montevidéu aos 88 anos de idade, foi o mais prolífico expoente da literatura uruguaia, com obras traduzidas em vários idiomas.

Em agosto de 2008 lançou "Testigo de uno mismo", escrito em verso, livro mais introspectivo e afastado de seu habitual compromisso sócio-político.

Atualmente, trabalhava em "Biografía para encontrarme", um novo livro de poemas, gênero com o qual se sentia "mais confortável", segundo confessou em uma entrevista para a Associação de Imprensa Estrangeira no Uruguai.

Autor de dezenas de livros, Benedetti recebeu vários prêmios literários, entre eles o Prêmio Internacional Menéndez Pelayo, em 2005, o Prêmio Rainha Sofia de Poesia Iberoamericana, em 1999 e o Prêmio Iberoamericano José Martí, em 2001.

Em seus romances, Benedetti explora a natureza humana e retrata a classe média, em particular os burocratas, e em muitas ocasiões não disfarça nem dissimula seu compromisso político com os movimentos de esquerda.

Nascido em 14 de setembro de 1920 em Paso de los Toros (250 km ao norte de Montevidéu), Benedetti, cujo nome de batismo é Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno, se mudou ainda criança com a família para a capital uruguaia.

Doctor honoris causa de universidades latino-americanas e européias, o falecido escritor estudou no Colégio Alemão e em um liceu público, concluindo seus estudos secundários de forma livre devido às dificuldades econômicas de sua família, que o obrigaram a trabalhar desde os 14 anos.

Seu primeiro emprego foi em uma loja de autopeças.

Em 1939 mudou-se para Buenos Aires, retornando a Montevidéu em 1941 para ocupar um cargo no funcionalismo público.

Em 1945, ano em que editou seu primeiro livro de poesia, "La víspera indeleble", Benedetti passou a escrever para a revista Marcha, da qual foi diretor literário de 1954 a 1974, quando a publicação foi fechada pelo governo da época.

A partir de 1949, co-dirigiu a Número, destacada revista literária.

Em 1964, quando já havia publicado seus célebres "Poemas de oficina" (1956) e seu primeiro romance, "Quien de nosotros" (1953), passa a trabalhar como crítico de teatro e co-diretor de um caderno literário em um jornal, além de colaborar como humorista para a revista Peloduro.

Nesse ínterim, foi nomeado diretor do Departamento de Literatura Hispanoamericana na Faculdade de Humanidades e Ciências da Universidade da República, em Montevidéu.

Quase toda a sua obra poética está reunida em "Inventário", livro publicado pela primeira vez em 1963 e reeditado várias vezes.

Entre seus romances se destacam "La Tregua" (1960), "Gracias por el fuego" (1965), "El cumpleaños de Juan Angel" (1971, escrito em verso), "Primavera con una esquina rota" (1982), "La borra del café" (1992) e "Andamios" (1996).

Além de escritor, Benedetti foi dirigente político do Movimento 26 de Março, que fundou em 1971 junto com o Movimento de Libertação Nacional-Tupamaros. Foi também representante na Mesa Executiva da coalizão de esquerda Frente Ampla, atualmente no poder no Uruguai.

Exilado durante a ditadura uruguaia (1973-1985), o escritor morou na Argentina, no Peru, em Cuba e na Espanha, tendo regressado ao Uruguai com a redemocratização. Alternou-se entre Madri e Montevidéu até a morte de sua mulher, Luz López Alegre, com quem havia se casado em 1946.

Luz, que era sua amiga de infância, foi sua companheira e o grande amor de sua vida. "Demorei seis anos para dizer isso para ela, e ela levou um minuto e meio para aceitar", contava Benedetti, que também costumava dizer que "se casar com alguém que tem luz e alegria no nome parece um bom investimento".

Depois da morte de Luz, em abril de 2006, Benedetti se instalou definitivamente na capital uruguaia, tendo decidido doar parte de sua biblioteca pessoal para o Centro de Estudos Iberoamericanos Mario Benedetti da Universidade de Alicante (Espanha).

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